Un salto evolutivo

Necesitamos dar un salto. Todos nosotros. Sí, es cierto: hay personas que ya lo han hecho, o que lo están haciendo justo ahora: felicitaciones, ha hecho falta mucho coraje.

Necesitamos un salto. Nuestro planeta lo necesita, nuestra sociedad lo necesita, nuestra comunidad, nuestro hogar, nuestro ser…

Un salto ¿de qué?

Un salto de evolución. Un salto que nos abra un nuevo camino. Un salto que baraje nuevamente las cartas de la oportunidad y nos permita jugar un juego nuevo.

Hace tiempo ya que esto sucedió por última vez. Posiblemente, cuando cambiaste de trabajo, o cuando concluíste un ciclo académico y comenzaste otro (por ejemplo, al entrar en la Universidad). Pero el que recordarás con más seguridad es el primero, cuando saliste de tu hogar familiar para empezar a vincularte con otro mundo, el mundo de «los otros» (ya fuera en una guardería, en el jardín de infantes, en la escuela primaria).

¡Eso sí que fue un salto! Las palabras que los adultos de tu familia comprendían no siempre eran claras para la maestra o para los otros niños; los pedidos no siempre podían satisfacerse del mismo modo; los ritmos, los lugares, los juegos, los vínculos, eran otros, diferentes. Nacía entonces una nueva etapa de nuestra vida: al mismo tiempo que dejábamos atrás un mundo (llamémoslo «la casa pequeña», o «el hogar familiar») para entrar a otro («la comunidad escolar», o «una pequeña-gran sociedad»), al mismo tiempo, digo, nosotros cambiamos: pasamos de ser el hijo (nieto, sobrino, ahijado) a ser un niño más, un ser más dentro de un grupo, una categoría en la cual mamá y papá, los abuelos, ya no estaban todo el tiempo mirándonos.

Que dejaran de estar mirándonos todo el tiempo, y que ahora la maestra y los compañeros nos hicieran preguntas nuevas («¿cuál es tu color favorito?», «¿qué animal te gusta más?», «¿te gusta jugar en el arenero, leer, hacer cuentas, lanzarte por el tobogán, cantar, pintar…?»), todo esto nos permitió volver a tomar decisiones. Quizá en casa sabían ya las respuestas: «verde, elefante, pintar». Pero ahora, en este nuevo mundo, podíamos explorar nuevas respuestas, nuevos juegos, nuevas actividades, nuevas personas… Podíamos elegir que, ahora, las respuestas eran: «rojo, cantar, Paulita, astronauta». Porque junto con esta exploración, llegó la posibilidad de cambiar las preguntas, de habilitar nuevas, de dejar atrás algunas que ya no nos resonaban…

Este tipo de salto en la evolución de las personas, iba acompañado, en las culturas de la antigüedad (y aún hoy, en las que siguen rigiéndose por sus modos culturales ancestrales), de ceremonia. Una ceremonia, en este caso, un rito de pasaje, era un portal de paso entre una fase de la existencia y otra fase de la existencia. Se aplicaban cada vez que las personas pasaban de etapa: al comenzar a salir de cacería, al iniciarse la época fértil femenina, al casarse, al pasar de la adultez a la ancianidad… pero también al llegar a la existencia física, al nacer; y al dejarla atrás, al morir.

Este acompañamiento, del cual participaban todos en la tribu (o todo un grupo, como ser: los cazadores, o las mujeres, o los ancianos), era fundamental para que las personas comprendieran que ya no eran como solían ser, sino de otro modo. En otras palabras: ya no eran quien solían ser, sino nuevas personas. Era frecuente un cambio de nombre, con nuevos atributos refridos en él («Suave Brisa» puede ser adecuado para un niño de voz suave, pero para un cazador es mejor «Flecha Veloz»). Ya no llamaban «mamá» a sus madres, cuando pasaban a la adultez: ahora eran pares y se llamaban por sus nombres.

Necesitamos un salto evolutivo. Necesitamos recordar la importancia de estos momentos especiales, y aplicar esta sabiduría a nuestra vida. Y esto es tanto a nivel comunitario como personal.

Cada cierto tiempo, llegamos a una fase en la que tenemos que volver a hacernos las preguntas fundamentales. ¿Quién soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué disfruto hacer? ¿Cómo colaboro con mi comunidad? Las respuestas que antes fueron válidas, probablemente hoy ya no lo sean.

Y en el proceso, las respuestas antiguas deben quedar atrás. Respuestas, decisiones, vínculos, espacios, trabajos… Muchas cosas pueden quedar atrás, y eso quizá nos atemorice: son conocidos, son «seguros». Pero no son auténticos. Si las respuestas cambian, si la identidad ha dado un salto evolutivo, entonces debemos dejar atrás todo lo que está asociado a esa vieja identidad. Si no dejamos morir lo viejo, lo nuevo no puede florecer. Si no lo soltamos, estaremos dejando morir lo auténtico, la respuesta actual a esas preguntas, los deseos genuinos, los sueños del alma.

Necesitamos dar ese salto evolutivo, aunque cueste. Cuando lo logremos, descubriremos un tiempo de nuevas experiencias, de gran disfrute y alegría. Y seremos ejemplo radiante para otros, para que sepan que es posible, y que es positivo. Y, quizá, si deseamos ir un paso más adelante, podamos proponer en nuestro hogar, o en nuestra comunidad, o en el mundo, un gran salto evolutivo.

2 opiniones en “Un salto evolutivo”

  1. Hola , muchas gracias , por ser parte hoy de mi salto evolutivo , recibir este escrito ,me ayuda a saber que voy bien , que necesito dejar lo viejo para tomar lo nuevo y florecer , gracias , muchos estamos hoy en este gran salto , pido para todos nosotros , que seamos luz en la oscuridad , que mientras vamos caminando demos una mano a quien lo necesite de nosotros , y esta en nosotros cambiar la humanidad para un bien mayor , gracias , gracias gracias !!!!!

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