Preguntas y respuestas

Está en la naturaleza de todos los seres humanos el arte de hacerse preguntas. ¿Por qué llueve? ¿Cuándo comienzan a brotar las semillas? ¿Cómo llegan los animales a esos lugares en los que saben que abunda el alimento? ¿Por qué la luna a veces es delgada y a veces redonda?

Las preguntas que nos hicimos en la cuna de nuestra historia -de nuestra prehistoria, cuando aún contábamos historias junto al fuego, protegiéndonos del frío y de las fieras- siguen siendo vigentes hoy. Por supuesto, ustedes dirán, muchos de esos temas están ya tratados, descubierto el origen de tantos procesos, explicado por los sabios que nuestra especie ha producido en cantidad. Pero incluso aquellas preguntas que otros ya han respondido -y, especialmente, las preguntas más fundamentales-, son válidas para nosotros. Las preguntas son válidas: merecen ser preguntadas, una vez más, muchas veces más.

¿Quiénes somos? ¿Para qué hemos venido? ¿Hacia dónde iremos? ¿Qué nos motiva?

Preguntas que no tienen una respuesta definitiva que pueda leerse en un libro, repetirse de memoria «porque lo dijo un sabio». Preguntas que cada día podemos repetir, y cuya respuesta puede no ser siempre la misma.

Los niños son en esto los maestros perfectos: como si fueran una cofradía de eruditos en un conocimiento secreto, comparten entre ellos este arte mágico de hacerse preguntas y proponer respuestas.

De ellos debemos aprender -o mejor dicho recordar, ya que todos hemos sido niños- este arte, este juego sagrado de intentar nuevas respuestas, de tener la mente abierta y dispuesta a nuevos horizontes, de disponernos a vivir la vida con inocencia y asombro, y participando activamente de la definición del mundo que nos rodea. ¿Parece arduo? Los niños lo hacen, podemos hacerlo todos.

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