Conócete a ti mismo

En la antigua Grecia se acostumbraba, en esos momentos de la vida en que las personas necesitan resolver sus grandes dilemas, la razón de la existencia, los problemas irresolubles, etcétera, a concurrir al hoy famoso Oráculo de Delfos.

Desde el momento en que la persona resolvía dirigirse allí, con una cuestión que no podía resolver, y necesitando -y buscando- la asistencia de ‘los Dioses’ -esas sabias presencias extraterrenas que, en su cultura, tan cerca estaban del mundo humano-, desde ese momento de decisión, comenzaban un viaje singular.

Larguísima era, las más de las veces, la caminata que el buscador emprendía, desde su pueblo hasta el recinto de Delfos. A veces había carros, caballos, mulas o ayudas de alguna forma, pero otra, cuando la condición del viajero era humilde o las circunstancias así lo decretaban, los pies eran los que llevaban hacia destino.

Todas las cosas que sucedían al viajero desde ese momento inicial eran, en sí, una aventura: salir de su cotidiano, recorrer dificultades, distancias, cambiar de paisajes y encontrarse quién sabe con cuántos ladrones, bestias, monstruos o deidades bromistas. Pero seguía adelante el viajero.

Y llegaba, un buen día, a Delfos; y recorría el último tramo (para nada sencillo, pensado de tal forma que incluso los que pudieran tener caballos, carros o asistencia tuvieran ante sí el desafío), y llegaban finalmente al templo.

Luego habría tiempo para los sacerdotes, las preguntas, la paga por el servicio, la Pitonisa canalizando la sabiduría divina… pero lo primero que veían al llegar al templo era una frase, mítica hoy, inscripta para todo quien llegara hasta allí:

Conócete a ti mismo.

El auténtico camino hacia la sabiduría está en el autoconocimiento profundo. Ninguna Pitonisa ni divinidad griega ni sacerdote que pueda decirte tanto como lo que puedes decirte si sabes quién eres.

Jaime San Martín Barzi

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