Uno que vuele más alto…

El Gran Espíritu había creado el mundo y en él a todas las criaturas. Había sido un gran placer hacerlo, pero también, un esfuerzo tremendo. Fue así que decidió retirarse a descansar.

Convocó entonces a todas las criaturas a reunirse en un gran festival de despedida. Y todos asistieron y celebraron, compartieron y rieron, y pronto el final del festival estuvo cerca. El Gran Espíritu pidió entonces la palabra, y todos escucharon atentamente.

“Para poder retirarme en paz, debo estar convencido de que tienen todo de mí, todo lo que he podido darles. Y aún hay algo que puedo darles y no les he dado. Pero no puedo hacerlo solo: uno de ustedes deberá ayudarme.”

Todas las criaturas se miraron, asombradas: ¡tenían tanto! El mundo que el Gran Espíritu había creado era próspero, equilibrado y abundaban en él todas las cosas deseables y nutrientes.

“Haremos así: uno de ustedes, el que se ofrezca, me ayudará, pero no podrá volver aquí.”

Eran tan felices las criaturas del mundo, con todo lo que tenían, que nadie comprendía por qué podrían querer dejar aquel lugar, en nombre de qué, para buscar qué cosa, ¡tenían todo!

“Quien se ofrezca, deberá volar muy alto”

Las criaturas de las aguas y las de la tierra se sintieron aliviadas: “¡nosotras no podemos ir! ¡No podemos volar!”, dijeron.

Las aves más pequeñas y los insectos y otras criaturas aladas dijeron: “¡nosotras podemos volar, pero nos agotaremos antes de llegar tan alto, no estamos hechas para esto!”

Las aves más grandes y poderosas se miraron y temblaron. ¿Alguna de ellas sería la adecuada?

El Gran Espíritu dijo entonces:

“Daré a quien se ofrezca el don de volar más alto que cualquier otro ser. Volará por encima de todo. Llegará más alto de lo que yo puedo llegar.”

“¿Es eso posible?”, preguntaron muchos, sorprendidos.

El Gran Espíritu sonrió con gentileza. “Pero recuerden: quien se ofrezca, no regresará aquí.”

Hubo un silencio. De un rincón del mundo, se alzó una voz tímidamente: “Yo me ofrezco”. Era un ave del desierto, un ave que nunca había volado muy alto, ni había tenido gran fuerza. “Iré, y no regresaré aquí, porque alguien tiene que hacerlo”.

El Gran Espíritu asintió, y el ave se acercó al centro de la gran reunión.

“Entonces, serás capaz de volar muy alto, por encima de donde yo puedo llegar. Allí encontrarás una joya: cómela. Y luego, vuela de vuelta hacia aquí”.

“¡Cómo! ¡Pero había dicho que jamás regresaría!”. Los murmullos de las criaturas se elevaban. El Gran Espíritu pidió silencio.

“Esa es mi voluntad, mi último pedido hacia ustedes, mis criaturas.”

Así fue que el ave agitó sus alas y comenzó su vuelo, dejando atrás a todas las criaturas y elevándose más y más. Pronto estuvo volando en alturas desconocidas a las que nunca antes había llegado. Se cruzó con sus primas las grandes aves que dominaban la región, quienes saludaron con orgullo a la valiente aventurera. Llegó incluso a las nubes, y las cruzó, llena de curiosidad por ver lo que habría más allá: ninguna criatura había volado tan alto jamás, y ella lo estaba haciendo, porque el Gran Espíritu lo había pedido y porque ella podía, deseaba, cumplir con aquel pedido, realizar aquella travesía.

Vio entonces a lo lejos al Gran Espíritu, manifestado en una inmensa y altísima montaña, que ya no era de roca sino de viento y neblina: era su manera de despedirse.

Volvó más y más alto. Luchó contra el cansancio y contra las corrientes veloces que dificultaban su vuelo; tuvo que recordar muchas veces por qué hacía aquello, para no ceder al cansancio y dejarse caer.

Y supo que había llegado cuando sobrepasó la cima de aquella montaña, que había sido el Gran Espíritu. Y vio, justo arriba de la cima, en medio del vacío donde nada más había, una joya resplandeciente, parecida a una estrella, que emanaba una brisa cálida, tenue, pero tan persistente que estuvo nuevamente muy cerca de ceder.

“El Gran Espíritu ha querido que venga aquí y tome esa joya, yo he aceptado este desafío, así que lo haré”, se repitió, esta vez en voz alta.

Y avanzó aleteando en contra de la suave y poderosa brisa, y se esforzó, y se casi agotó…

Y llegó por fin a la joya. Tenía un color intenso, cálido y fresco a la vez, que no podía describir. Era enorme, pero a la vez tenía el tamaño de una fruta. La devoró con su pico, y supo que ya era hora de volver.

Se detuvo allí, en esa altura insostenible, y contempló el mundo. Tan alto había llegado que podía verlo todo, cada rincón, cada lugar, cada criatura. Y se dejó caer, planeando de vuelta hacia el mundo.

Cada vez, la caída fue más y más veloz, y el ave sintió más y más calor, más y más presión, hasta que pudo ver cómo sus alas se volvían incandescentes, y sintió cómo su cuerpo vibraba, y sintió que se estiraba y se rompía, y supo que aunque volara hacia el mundo, no regresaría al mundo. El Gran Espíritu lo había dicho, y comprendió, y sintió felicidad por haber cumplido su última voluntad.

Las criaturas habían estado observando el ascenso del ave, y la habían perdido de vista, y habían regresado a sus asuntos. Ahora, las criaturas pudieron ver una brillante luz que cruzaba el cielo en dirección al mundo. Y vieron cómo esa luz crecía en brillo y en tamaño, y vieron cómo estallaba en miles de fragmentos, pequeñas lucesitas que se dispersaron por el cielo y llegaron a cada rincon del mundo, a todos los rincones del mundo.

Y cada criatura fue alcanzada por una de esas lucesitas, y esa luz que había sido el ave y también la joya y también la voluntad del Gran Espíritu, se hizo una con todas las criaturas de todos los rincones del mundo.

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